En julio de 2016 me diagnosticaron diabetes tipo 1 autoinmune. No era el primer susto de salud que vivía, pero sí el que me cambió radicalmente la vida. A partir de ahí, todo fue como una especie de fichas de dominó que iban cayendo, una tras otra.
En 2017 llegó la tiroiditis de Hashimoto, otra enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunológico ataca por error la glándula tiroides. En mi caso apareció con bocio visible, aunque decían que no era preocupante. Con el tiempo derivó en hipotiroidismo, y desde entonces estoy con tratamiento (Eutirox). Es una condición que afecta el metabolismo, el estado de ánimo, la energía… y que muchas veces se subestima.
En 2020, justo cuando empezaba la pandemia, empecé a acumular bajas médicas, dolores inexplicables, agotamiento persistente. Me decían que podía ser estrés. Ansiedad. Nada más. Pero el cuerpo hablaba más fuerte cada día.
En 2021, cansada de que me ignoraran en la pública, recurrí a una clínica privada. El diagnóstico fue claro: espondiloartritis axial y fibromialgia. Ambas se habían instalado sin pedir permiso.
La espondiloartritis axial es otra enfermedad autoinmune, esta vez inflamatoria, que afecta principalmente a la columna vertebral y las articulaciones sacroilíacas. Produce dolor crónico, rigidez, fatiga y un desgaste emocional enorme. A veces mejora con tratamiento biológico, pero no siempre.
Y la fibromialgia, aunque parezca mentira, fue más fácil de diagnosticar… pero es la que más molesta. Es un trastorno crónico del dolor que causa hipersensibilidad generalizada, puntos dolorosos en el cuerpo (los famosos puntos gatillo), insomnio, fatiga intensa, y síntomas neurológicos difíciles de explicar. No es mortal, pero puede ser desesperante. En mi caso, vino asociada a la espondiloartritis, como quien se suma a una fiesta donde nadie invitó.
Pasé por tres reumatólogos en Cabueñes que no me creían. Literalmente. Decían que lo mío no dolía. Que era psicológico. Que igual era osteitis condensante, pero “eso no duele”. A veces lo más duro no es el dolor, sino que no te crean.
Yo trabajaba en el HUCA, y las bajas eran cada vez más largas. Lo curioso (y, en cierto modo, afortunado) es que el médico que me había hecho el primer diagnóstico en la clínica privada fue el mismo que luego me recomendaría pedir la segunda opinión en el HUCA. Me dijo que allí había una unidad específica y una doctora con experiencia en este tipo de casos. Así que seguí su consejo, sin saber que el destino tenía un giro irónico preparado: cuando en Cabueñes decidieron que “yo estaba haciendo demasiado ruido”, que “molestaba”, la jefa de reumatología del HUCA, le pidió a él mismo —sí, al mismo médico— que se hiciera cargo de mí.
¿El motivo? Según ella, lo que yo decía no coincidía con lo que otros reumatólogos veían en Gijón. Pero sí coincidía con lo que él había visto antes en la resonancia en Oviedo, y por eso aceptó el caso. No solo me creyó desde el principio, sino que fue quien terminó confirmando mi diagnóstico por la pública.
A veces el sistema no escucha, pero cuando una persona te ve de verdad, puede cambiar todo.
Repetimos pruebas, hicimos una tercera resonancia. Y sí, ahí estaba: el diagnóstico, la validación, la dignidad. Por fin, en la pública, se confirmaba lo que yo llevaba años sintiendo en silencio.
Después vinieron los tratamientos: AINES, fisioterapia pública y privada, infiltraciones, terapia de puntos gatillo (pasé de tener 13 a 18). El primer biológico no funcionó. Lo tuvimos que cambiar. A finales de 2023, además, una apendicitis. Quirófano. Más atrás otra vez.
Y como si fuera poco, en 2025 apareció la alopecia areata, otra condición autoinmune en la que el cuerpo ataca los folículos pilosos y provoca caída del cabello en placas. Aunque no es dolorosa, es muy visible. Otra herida emocional más.
¿Qué tienen en común todas estas enfermedades?
Que son autoinmunes. Eso significa que tu cuerpo ataca por error estructuras sanas: órganos, tejidos, articulaciones, glándulas, piel, nervios… No tienen cura. No se pueden prevenir. No se sabe por qué aparecen. No se pueden evitar.
Y vivir con varias a la vez no solo es agotador físicamente: también emocional y mentalmente. Nunca sabes cuál va a dar más guerra ese día. Nunca sabes si lo que sientes es “de una o de otra”, o simplemente todo junto. Y eso agota.
Nuevos caminos: la fibromialgia con nombre propio
Aunque parezca mentira, la fibromialgia no dio guerra para el diagnóstico. Pero es la que más me da por saco. No tiene tratamiento efectivo. Toca convivir, adaptarse y buscar alivios en las pequeñas cosas.
La palabra fibromialgia (FM) significa literalmente dolor en los músculos y en el tejido fibroso (ligamentos y tendones). No es mortal ni peligrosa, pero puede convertir tareas simples en desafíos. A veces se presenta sola y otras, como en mi caso, en formato «combo».
He pasado por muchos médicos, públicos y privados. Mucha medicación, muchos efectos secundarios. Días de no poder con nada. Psicólogo, psiquiatra, grupo de apoyo, fisioterapia… Hasta que, con el tiempo, fui encontrando pequeñas cosas que me ayudan: el yoga, cuidar mi alimentación, y —aunque suene raro— el crochet. Sí, otro día os hablaré de eso con más calma.
Vivir con todo esto
Todo esto no solo ha afectado mi salud física. También mi salud mental. Estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico. Participo en un grupo de personas con dolor crónico. Porque duele el cuerpo, pero también duele no poder volver a trabajar y hacer cosas de gente normal. Ser pinche de cocina ya no es una opción. Me cuesta dormir. Me despierto del dolor. Se me hinchan las manos, se me duermen. Estoy siempre agotada.
¿Y cómo sigo? A ratos. Como puedo. Me sostengo gracias a mis gatos, mi pareja, mi madre y mis amistades. Encuentro consuelo en la comedia, en la música, en hablar con otras personas que también viven con dolor y no se rinden.




No tengo soluciones mágicas. Pero sí tengo una historia. Y la comparto no para dar pena, sino para visibilizar. Porque muchas veces el mayor sufrimiento no es el dolor, sino que nadie lo crea.
Si tú también estás pasando por algo parecido: no estás solo/a. Te creo. Y resistes más de lo que piensas.