Esta es solo mi experiencia, pero espero que pueda ayudar a quienes estén pensando en dar el paso o se encuentren en plena adaptación.
Inicio del camino
En junio del año pasado comencé oficialmente mi vida con bomba de insulina. Antes de dar el paso, hice una prueba con suero durante unas semanas para ver cómo me sentía con el dispositivo. También me realizaron algunos test previos y la endocrina estuvo vigilando de cerca mi estado de salud con analíticas y revisiones frecuentes.


Una parte fundamental fue el apoyo del equipo de educadoras y de la persona que me enseñó a usar la bomba paso a paso. Ellos me dieron seguridad para afrontar el cambio

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi todo el material junto: el set de infusión, el sensor, la cánula y hasta las diapositivas de apoyo. En ese momento me di cuenta de que era un gran cambio en mi día a día.
La ilusión también fue enorme el día que recibí la caja en casa. Aquí una imagen del empaquetado cuando la abrí por primera vez.


Durante la primera semana hice pruebas con suero para adaptarme. Esta imagen refleja ese comienzo, todavía sin insulina real, pero con toda la emoción y los nervios del momento.
Insistir, dudar y, al fin, confiar
La decisión no fue fácil ni inmediata. Tuve que insistir bastante con mi endocrina, que al principio no consideraba necesaria la bomba en mi caso. Sin embargo, mi educadora en diabetes confiaba en que podía ayudarme, sobre todo teniendo en cuenta mis otras condiciones de salud y mi facilidad con la tecnología.
Mi mayor motivación era acabar con las hipoglucemias nocturnas persistentes y el efecto del alba que me golpeaba cada mañana. Sentía que mi cuerpo necesitaba otro tipo de apoyo.
El sensor: Del Freestyle al Guardian 4: adaptándome al cambio
Aquí comenzaron los retos. Estaba acostumbrada al sensor Freestyle, que me resultaba más práctico: solo necesitaba una hora de calibración, su carcasa era más cómoda y podía mantenerlo conectado hasta el último minuto.
El Guardian 4, en cambio, me dio problemas desde el primer día. Tarda dos horas (o más si necesita actualización) en calibrarse, lo que me dejaba “a ciegas” y me obligaba a volver a medirme la glucosa en el dedo, como en los viejos tiempos. No era lo que esperaba. Además, sangra muchas veces, aunque pongo frío en la zona antes de insertarlo para intentar reducir la sangría, pero a veces no sirve.
A veces se despega, sobre todo si voy a la playa o aplico crema en la zona. Suelo rotar bastante los lugares de colocación para evitar daño en la piel. Cuando retiro los pegamentos, utilizo alcohol al 70º y luego hidrato la zona.
El tamaño sí importa: la bomba 780 de Medtronic
La bomba de insulina que uso es la 780 de Medtronic. Aunque es tecnológicamente muy potente, es grande y pesada. Dormir con ella ha sido un reto, y encontrar un sitio cómodo para llevarla en la ropa tampoco es fácil.
Al principio se me soltaba del pantalón y quedaba colgando del set de infusión, lo que resultaba muy incómodo, sobre todo por su peso. Con el tiempo he ido encontrando trucos para llevarla mejor, pero al inicio fue bastante frustrante.



También rota las zonas de la cánula para evitar daño en la piel. Me quito los pegamentos con alcohol al 70º y luego hidrato la zona. Además, en las áreas donde no llevo el set de infusión, aplico un reductor de grasa que me recomendó la educadora de diabetes de mi hospital.
¿Y qué hay de lo positivo? Mucho más de lo que esperaba.
A pesar de todo, los resultados han sido excelentes. Mi hemoglobina glicosilada se ha estabilizado y paso más del 85% del día en rango. Las hipoglucemias nocturnas casi han desaparecido por completo.


100% del tiempo en rango: un pequeño gran logro que me dio paz y confianza.
Lo más importante: he ganado una libertad mental que no tiene precio. Ya no tengo que estar pensando en mis niveles cada hora ni pincharme el dedo constantemente. Aunque aún me incomode un poco con vestidos o al evitar zonas con tatuajes o lipodistrofias, la mejora en mi calidad de vida es evidente.
Adaptando la bomba a mi estilo de vida
Adaptarse a una bomba de insulina no es fácil. Requiere paciencia, autoconocimiento y mucha prueba y error. Pero también puede convertirse en una herramienta poderosa para vivir mejor con diabetes. Yo soy muy de colorearme la vida: pongo pegatinas en la bomba, en el bolí de insulina, en los sensores…


Me encanta sentir que le doy mi toque personal. No me importa que la gente sepa que tengo diabetes tipo 1; no me incomoda pincharme delante de nadie, porque forma parte de mí. Me gusta reivindicar nuestro derecho a llevar nuestro tratamiento en público, aunque a veces a otros no les guste. Con la bomba, además, la gente suele tener más curiosidad que juicio, porque sigue siendo algo innovador.
Adaptando la bomba a mi estilo de vida
Mi experiencia con la bomba de insulina ha tenido luces y sombras, pero, sin duda, los beneficios superan los retos. Ha sido un proceso de adaptación, aprendizaje y paciencia, pero hoy disfruto de mayor libertad, seguridad y calidad de vida.
Cada persona vive su diabetes de manera diferente, y lo que a mí me ha funcionado puede no ser igual para otros. Sin embargo, espero que compartir mi experiencia pueda servir de guía o inspiración para quienes estén pensando en dar el paso o se encuentren en plena adaptación. Recuerda, no estamos solos.

